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Dieta y Vitalidad

Dieta baja en proteínas

Dieta baja en proteínas

Hoy vamos a hablar de la dieta baja en proteínas. Sí, ya sé que si en algún concurso nos pidieran formar una frase con las palabras dieta y proteínas, la mayoría de la gente diría “dieta alta en proteínas”, porque es un concepto que de forma imperceptible se ha ido introduciendo en nuestro lenguaje diario. Las dietas hiperproteicas (como la dieta flash, la Dukan o la culturista) se han hecho famosas por la rapidez con que se adelgaza con ellas, pero también por la polémica sobre sus posibles efectos secundarios, como los daños renales o al hígado. Aunque la mayoría de los especialistas parecen estar de acuerdo en que este tipo de dietas causa muchos perjuicios, no faltan voces que defienden a capa y espada que las dietas hiperproteicas ofrecen un dechado de ventajas.

Ahora bien, si planteamos el problema al revés, la cosa está mucho más clara: cuando existe un problema de base, bien en el hígado o bien en los riñones, hay que reducir la ingesta de proteínas. Sobre todo si estamos hablando de una insuficiencia renal. Y es ahí donde encaja la dieta baja en proteínas.

Qué es la insuficiencia renal

La función de los riñones es similar a la de una depuradora de agua. El agua sucia entra en la depuradora, se filtra y se elimina de ella la suciedad y los productos tóxicos (que son desechados) y, cuando está completamente limpia, vuelve al circuito de consumo. De igual forma lo riñones filtran la sangre del aparato circulatorio, unos doscientos litros cada día, eliminan los residuos tóxicos a través de la orina (desechos metabólicos del organismo, como la urea, el ácido úrico, la creatinina, el potasio, el fósforo) y devuelven el líquido, ya purificado, al torrente sanguíneo.

Esta maquinaria perfecta a veces tiene sus fallos. Cuando los riñones no son capaces de filtrar correctamente la sangre, cuando no eliminan parte de las toxinas y de los residuos, nos encontramos ante una insuficiencia o fallo renal. Dependiendo de la causa que la haya originado hablaremos de insuficiencia renal aguda (cuando sea consecuencia de algún accidente, de la ingesta de alguna sustancia venenosa o de algún medicamento) o de insuficiencia renal crónica (por estar obstruidas las vías urinarias, o por padecer diabetes o hipertensión).

Lamentablemente, en un porcentaje muy alto, cuando a un paciente se le diagnostica la insuficiencia renal la enfermedad suele estar muy avanzada. ¿Cómo es posible? Porque en gran parte los síntomas pasan desapercibidos. ¿Qué nos puede llevar a sospechar que padecemos insuficiencia renal? En primer lugar que alguien de nuestra familia la haya padecido, ya que se trata de una enfermedad hereditaria. También hemos de estar muy alerta en caso de padecer diabetes o hipertensión.

Aparte de esos importantes factores de riesgo, debemos vigilar si notamos alguno de los siguientes síntomas: cambios llamativos en la cantidad o el aspecto de la orina, hinchazón (pies, tobillos, manos y cara), cansancio y sueño excesivos (anemia), erupciones cutáneas, fuertes picores, sabor metálico en la boca, mal aliento, náuseas, vómitos, sensación de falta de aire ante el más mínimo esfuerzo, frío continuo, mareos, falta de concentración, y dolor en el costado. Si padece alguno de estos síntomas sin conocer el motivo, o pertenece a alguno de los grupos de riesgo, no dude en consultar con su médico que le realizará las pruebas necesarias para descartar o confirmar sus sospechas.

Dieta baja en proteínas

Si ya nos han diagnosticado que padecemos una insuficiencia renal es el momento de empezar a tomar medidas, antes de que la enfermedad degenere y no quede más remedio que aliviarla mediante la hemodiálisis. Y es ahí donde entra en juego la dieta baja en proteínas.

La influencia de la dieta en muchas enfermedades es muy grande. En el caso de la insuficiencia renal se ha demostrado que la dieta es determinante: si la seguimos correctamente podremos detener el progreso de la enfermedad y seguir llevando una vida normal, sin tener que vernos encadenados a una máquina de diálisis tres días por semana.

No se trata de que dejemos de comer proteínas por completo, ni mucho menos, sino de reducir la cantidad que ingerimos. El objetivo es reducir el trabajo de los riñones y, al mismo tiempo, aminorar los síntomas. Pero ésta no es una dieta que podamos copiar de nadie. Todos sabemos que alimentos son los que contienen una mayor cantidad de proteínas (carnes, pescados, huevos, lácteos y legumbres, haciendo un breve resumen). Sin embargo insistamos una vez más en que tiene que ser el especialista quien nos indique personalmente la cantidad de proteínas diarias que podemos ingerir en nuestro caso particular, y cuáles son las que más nos convienen. Además, dependiendo de la evolución de la insuficiencia renal, estas cantidades han de ser revisadas y ajustadas periódicamente. Ya hemos mencionado que no se debe hacer una simple dieta de adelgazamiento sin control médico. Con mucho mayor motivo cuando se trata de una dieta terapéutica como ésta, ya que saltarse las indicaciones que nos han pautado puede costarnos la salud.

Es relativamente fácil saber que alimentos son ricos en proteínas y cuáles no, pero no es tan sencillo. Quizás también haya que realizar otros ajustes en nuestra alimentación, como especificar la cantidad de líquidos que podemos beber, así como ajustar el total de sal, fósforo y potasio que no debemos sobrepasar. Para ello nos recomendarán que utilicemos las técnicas del remojo de 24 horas (pondremos en remojo las verduras, cortadas en trozos muy pequeños para aumentar la superficie de contacto, y legumbres durante un día entero, cambiando el agua como mínimo dos veces) y la doble cocción (tiraremos el agua del remojo, las pondremos a cocer con agua limpia y, cuando empiece a hervir, tiraremos otra vez el agua y las terminaremos de cocer con más agua limpia). Siguiendo estos dos procedimientos habremos eliminado una gran parte del potasio contenido en las verduras.

Dieta baja en proteínas

En cualquier caso, siempre que tengamos alguna duda, deberemos consultar una buena tabla con la composición de los alimentos para saber con exactitud qué cantidad de estos elementos (que para el enfermo renal resultan perjudiciales) tiene el producto que vamos a comer. Probablemente la mejor y la más actualizada sea la Base de Datos Española de Composición de Alimentos (BEDCA), realizada en colaboración por el Ministerio de Sanidad y el Ministerio de Ciencia e Innovación, donde podemos obtener todo tipo de información consultando online bien por grupos de alimentos o bien mediante el listado alfabético.

También podemos recurrir a la ayuda de la Federación Nacional de Asociaciones para la Lucha Contra las Enfermedades del Riñón (ALCER) que a través de su web nos ofrece mucha información de utilidad. Esta asociación, en colaboración con la Junta de Andalucía, ha publicado un libro de dietas que puede ser de gran ayuda para los enfermos renales. El libro se llama 11.440 menús semanales para enfermos renales crónicos, y está concebido de forma que su uso sea sencillo y práctico a la vez. Además de una serie de indicaciones generales, consta de 28 fichas de desayuno-comida y otras 28 de merienda-cena, que combinadas entre sí nos ofrecen un enorme número de menús diferentes, para ser exactos los 11.440 que dan nombre al libro. En cada ficha, además del menú para las dos comidas concretas, encontraremos las recetas de cada plato y una exhaustiva información de la energía y los nutrientes que contienen. Puede que las cantidades no se ajusten exactamente a la dieta que nos hayan pautado pero, en cualquier caso, puede servirnos como ejemplo y como fuente de ideas para no llevar una alimentación aburrida.

¿Retrasar el envejecimiento?

Si dejamos el estricto ámbito de las dietas terapéuticas, podemos encontrar referencias a la dieta baja en proteínas relacionadas con una de las grandes obsesiones del género humano: la lucha contra el envejecimiento.

Con una frecuencia demasiado alta, de vez en cuando nos anuncian a bombo y platillo los últimos descubrimientos en este campo. Asistimos con estupor a las rotundas afirmaciones de haber encontrado el secreto de la eterna juventud, con el correspondiente boom de seguidores y de ventas. Sin ir más lejos, el éxito arrollador de la dieta Perricone va por ese sendero.

En este caso un estudio publicado en la revista estadounidense Cell Metabolism nos habla de la influencia de las proteínas en el envejecimiento y de su influencia en el desarrollo de algunas enfermedades. Eso sí, señalan que las proteínas de origen animal son más perjudiciales que las de origen vegetal.

Según el estudio, hasta los 65 años de edad, un alto consumo de proteínas conlleva un riesgo de muerte de un 74% mayor que el de las personas que siguen una dieta baja en proteínas, un riesgo de morir de cáncer comparable al de un fumador y mayor propensión a morir como consecuencia de la diabetes.

Sin embargo, a partir de los 65 años los niveles de la hormona del crecimiento IGF-I caen sustancialmente y eso contribuye a un debilitamiento y pérdida de músculo. Las proteínas controlan la hormona IGF-I, por eso el estudio llega a la conclusión de que, si bien la ingesta elevada de proteínas puede ser dañina en la mediana edad, una dieta con niveles moderados o altos de proteína después de los 65 años de edad puede hacer que las personas sean menos propensas a las enfermedades.

¿Alguien da más? Tendremos que esperar unos años a ver si todos estos estudios se concretan un poco más.

Dieta baja en proteínas

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